Si preguntáramos a la sociedad cómo describiría a la juventud salvadoreña actual en una sola palabra, los términos quizá más repetidos serían: ansiosa, resiliente, cansada, migrante, creativa, frustrada, estresada, desconectada, entre otras. Esta multiplicidad de adjetivos refleja una generación que navega en un mar de incertidumbres estructurales y existenciales. Sin embargo, el propósito de este análisis no es meramente diagnosticar a la juventud como un objeto de estudio, sino plantear una interrogante desde el Evangelio: ¿Cómo estamos como iglesia respondiendo a la realidad actual desde el Evangelio?
Para
responder a esta pregunta, es importante establecer un puente entre la cruda
realidad de los datos y la esperanza del reino de Dios.
I.
Radiografía Psicosocial y Espiritual de la Juventud
La
comprensión del panorama juvenil requiere un análisis de tres dimensiones
críticas: la realidad psicosocial, la crisis existencial y las conductas de
riesgo, contrastadas con su percepción de la espiritualidad.
Realidad
Psicosocial y Salud Mental La generación de ahora experimenta lo que podría denominarse una
epidemia de aislamiento. Según datos de Global Web Index (GWI, 2025), el 80% de
la Generación Z ha experimentado soledad. El informe de GWI señala que la baja autoestima,
la ansiedad social y las condiciones de vida también son factores que
agravan la sensación de soledad. En particular, las expectativas sociales
sobre el éxito y las relaciones afectan más a la Generación Z que a las
generaciones anteriores. Sumado
a esto, los jóvenes no encuentran un espacio donde puedan ser vulnerables y
expresar sus dudas y preguntas. Esta carencia de entornos seguros e
intencionales de escucha profundiza el aislamiento y empuja a esta generación a
buscar refugio en conductas de riesgo.
Este
aislamiento se traduce en una crisis de salud mental sin precedentes. En el
ámbito universitario, hasta un 50% de los estudiantes padece problemas de salud
mental (UNESCO IESALC, 2024), manifestando estrés (66%), ansiedad (54%) y dudas
sobre sí mismos (BestColleges, 2022). La manifestación más letal de esta crisis
es el suicidio, posicionado como la segunda causa de muerte en jóvenes de 15 a
29 años en la región (Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses
de Colombia, 2023). En El Salvador, 16 de cada 100 personas han experimentado
ideación suicida, agravado por el hecho de que uno de cada tres jóvenes no
busca ayuda debido al estigma social (Red de Salud UC CHRISTUS, 2023). En
jóvenes de 18-24 en América Latina, el 15-20% tienen tendencias negativas
extremas (incluyendo desesperanza que lleva a ideación), según Global Mind
Project (2025).
Desafíos
Socioeconómicos y Conductas de Riesgo Las presiones psicológicas se ven exacerbadas
por barreras estructurales. En El Salvador, el desempleo juvenil sigue siendo
un desafío significativo, con jóvenes de 16-29 años representando cerca del 48%
de los desocupados totales y tasas modeladas por la OIT en torno al 7.5-18%
para el grupo de 15-24 años (estimaciones ILO 2024-2025). Además, la
informalidad laboral afecta fuertemente a los jóvenes: más del 60% de los
empleados jóvenes operan en el sector informal (Banco Mundial, 2024, basado en
EHPM), y a nivel general la informalidad alcanza el 64% de los trabajadores
(1.86 millones de personas en 2023), con tasas aún más altas entre jóvenes y es
una de las razones por las cuales también, casi un 40% de la población que expresan
intención de abandonar el país, está entre 18 a 29 años.
A nivel educativo, la tasa de asistencia neta
a educación superior para jóvenes de 18-24 años se sitúa en torno al 19-25%
(SITEAL/UNESCO y Banco Mundial/EHPM 2023-2024), con brechas marcadas por
pobreza, ruralidad y género (por ejemplo, 25.2% en mujeres vs. 18.9% en hombres
en 2023), lo que limita el acceso para muchos debido a condiciones económicas.
La brecha
de género persiste, con las mujeres dedicando entre dos y tres veces más tiempo
que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado (ONU Mujeres y
Observatorio de Igualdad de Género de CEPAL, datos regionales hasta 2023-2024,
con El Salvador en torno a 2-3 veces más horas semanales según encuestas
nacionales como la de 2017 actualizadas en reportes regionales).
El
Paradigma Espiritual del Estudiante Salvadoreño A pesar de este panorama sombrío, la juventud
salvadoreña no es irreligiosa, aunque sí está desencantada de la
institucionalidad. Una investigación reciente realizada con estudiantes
salvadoreños entre 18-29 años (Ocón, 2024) reveló que el 75.7% se identifica
con alguna expresión cristiana (católica o evangélica). El 81.6% cree en la
vida después de la muerte y el 61.2% considera la espiritualidad como "muy
importante".
Sin
embargo, existe una profunda desconexión institucional: el 61% no participa en
grupos juveniles eclesiales y el 26% de los que se identifican como cristianos
"casi nunca" asiste a servicios religiosos. La confianza en las
iglesias es frágil: solo un 9% las considera "muy confiables", y un
41.7% opina que las instituciones religiosas simplemente "no entienden las
necesidades y problemas de los jóvenes" y un 76.7% opinan que las iglesias
aportan muy poco o moderadamente a la construcción de una sociedad más justa y
en paz. (Ocón, 2024).
Estos datos
nos indican que ser joven hoy es enfrentar la desesperanza, la incomprensión y
la falta de pertenencia. Ante esta realidad doliente, el Evangelio nos plantea
3 perspectivas para responder y abordarla.
II. Tres
Perspectivas Teológicas y Pastorales
Perspectiva
1: La Fe en Comunidad (El Paralítico y los Cuatro)
El
Evangelio modela una fe que rechaza el individualismo. Si hay algo que me
encanta del Evangelio, es la hermosa forma de vivir la fe, pues no se vive
solo, sino en comunidad. Cuando crecemos solo con la idea de que la salvación
es personal, limita la forma en que vivimos la fe, porque aunque claro,
personalmente reconocemos a Jesús como nuestro salvador, la vida cristiana y la
fe, se vive en comunidad, porque así nos modeló Jesús, así lo vemos reflejado
en la Biblia.
La
narrativa de Marcos 2:1-12 relata la historia de un paralítico que es llevado a
Jesús por cuatro amigos, quienes, ante la multitud, deciden abrir un agujero en
el techo. El texto subraya un detalle muy interesante: "Al ver Jesús la
fe de ellos, dijo al paralítico..." (Marcos 2:5). Estos cuatro
hombres, cuyos nombres no conocemos, representan a personas comunes que se
unieron por un propósito extraordinario. Su determinación los llevó a romper el
techo de una casa llena para bajar al paralítico hasta donde estaba Jesús. Este
acto radical no solo fue una muestra de fe valiente y creativa, sino también un
gesto de profunda compasión y compromiso.
La fe, en
el contexto bíblico, se construye y sostiene en comunidad. Estos cuatro
individuos compartían un objetivo, identificaron la necesidad de su amigo,
pensaron estratégicamente y estuvieron dispuestos a realizar un acto radical, y
socialmente inaceptable, para llevarlo a los pies del Maestro.
Si Jesús
mirara a El Salvador hoy, ¿vería la fe de la iglesia "cargando" a sus
jóvenes? El paralelismo es ineludible: así como el paralítico no podía llegar a
Jesús por sus propios medios, muchos jóvenes hoy están "paralizados"
por la ansiedad, el desempleo y el sinsentido, incapaces de llegar solos a un
estado de plenitud (Shalom). La red comunitaria debe convertirse en esos
"cuatro amigos" dispuestos a cargar el peso de una generación que
necesita ser sanada primero en su interior y luego de manera integral.
Perspectiva
2: Lealtad Subversiva (El Camino del Exilio)
El segundo
abordaje requiere entender la posición cultural de la iglesia. Corría el año
586 a.C. El mundo tal como lo conocía el pueblo de Israel se vino abajo. El
poderoso Imperio Babilónico atacó Jerusalén, saqueó la ciudad e incendió el
Templo. Miles de israelitas fueron arrancados de sus hogares y deportados a la
antigua Babilonia. Pasaron de ser una nación soberana a una minoría exiliada,
rodeada de una cultura opulenta y dioses ajenos.
En medio de
este trauma, surgió la gran pregunta de identidad: ¿Cómo sobrevivimos aquí
sin perder nuestra identidad?
La iglesia
enfrenta hoy una tentación similar a la del pueblo de Israel en el exilio. Como señala Ramachandra (2019),
vivimos en sociedades modernas que, al igual que Babilonia, intentan empujar
nuestra fe hacia el rincón de lo irrelevante. Ramachandra advierte sobre el
peligro de reducir el Evangelio a una simple terapia personal:
"La
privatización de la fe cristiana es el mayor triunfo de la secularización
moderna... Se nos permite creer lo que queramos en privado, siempre y cuando no
desafiemos los 'dioses' públicos del mercado, el estado o la tecnología."
Las
Opciones Convencionales vs. La Propuesta de Dios
Ante la
crisis del exilio, la reacción humana se dividió en dos extremos, que
Ramachandra identifica también en la iglesia actual:
- La Resistencia (Aislamiento): Crear un gueto cristiano.
Odiar la cultura, aislarse para no "contaminarse" y esperar el
juicio de Dios sobre los "impíos".
- La Asimilación (Rendición): Adoptar el estilo de vida
babilónico para sobrevivir. Convertir la fe en algo tan privado que no
moleste a nadie en la oficina, la universidad o la sociedad.
Sin
embargo, el profeta Jeremías envió una instrucción divina que desafió toda
lógica (Jeremías 29): Buscar el bienestar (Shalom) de Babilonia. Que se
instalaran, construyeran casas, plantaran jardines, hicieran crecer su familia.
Y todavía más sorprendente: que buscaran el bien de Babilonia y oraran a Dios
en favor de ella. Dios propuso un Tercer Camino: una presencia
constructiva pero distintiva. No era retirarse del mundo, sino involucrarse
profundamente en él, pero con una lealtad diferente.
Construir
el reino de Dios bajo esta lealtad subversiva implica conocer la realidad
doliente que viven los jóvenes hoy en día, y preguntarnos, ¿qué puedo hacer yo,
desde donde estoy? ¿Cómo contribuyo a la lucha contra la injusticia a mi
alrededor? ¿Cómo busco el shalom de la ciudad donde Dios me ha puesto?
Perspectiva
3: Discipulado a la Manera de Jesús
Finalmente,
la estructura que debería sostener a la iglesia y a la lealtad subversiva es el
discipulado. La crisis actual del cristianismo no es primordialmente litúrgica,
sino de formación espiritual: hay iglesias llenas de creyentes, pero carentes
de discípulos. La palabra griega para discípulo, es mathetés (aprendiz)
implica reordenar la vida en torno a la persona del maestro.
El
discipulado de Jesús no fue un programa académico, sino un proceso
profundamente humano y tierno. Resumido en los principios formativos de los
Evangelios, Jesús escogió con intención, compartió la vida diaria (Marcos
3:14), modeló el carácter del Reino (Juan 13) y los acompañó en la misión
(Lucas 10). Al final del tiempo de Jesús con sus discípulos, nos envía a la
gran comisión, la cual no se debe reducir a solo “ganar almas” pues eso reduce
el mandato que Jesús nos envió. Cuando Jesús envía a hacer discípulos, los
envía a hacer todo lo que Jesús hizo con ellos durante los años que estuvo con
ellos y ellas: compartió vida, enseñó, sanó lo físico y no solo el alma, les
asignó tareas, no caminaron solos, y los preparó para seguir sin Él
físicamente.
Un aspecto
contracultural de este modelo es la pedagogía de la ternura. En un mundo
dominado por la meritocracia, la culpa y la presión por el rendimiento o por la
perfección, Jesús restauró a Pedro (Juan 21) y atendió las dudas de Tomás
mostrando sus heridas (Juan 20). Jesús lavó los pies de sus discípulos, lloró
con los suyos, los sostuvo en sus caídas, y los corrigió con compasión. La
ternura no es un adorno emocional, es una fuerza transformadora reflejada en el
Evangelio. Discipular a la juventud salvadoreña hoy requiere transitar desde un
liderazgo vertical y distante hacia un acompañamiento relacional, formativo y
misionero que modele la gracia en lo cotidiano.
“Son
numerosos los textos que exponen a Jesús conmoviéndose profundamente ante la
angustia humana y actuando para remediar dicha situación. «Jesús, conmovido,
les tocó los ojos, y al punto los ciegos recobraron la vista y se fueron tras
él» (Mateo 20.34). La ternura es un acto de justicia ante estas situaciones de
dolor humano.” (Segura, 2018)
La juventud
salvadoreña no es simplemente un grupo demográfico en riesgo; es un campo
misionero que clama por encarnación. Enfrentar la ansiedad, la soledad y la
incomprensión sistémica no se logra con mejores eventos religiosos, sino con
comunidades dispuestas a "romper el techo". Requiere formar jóvenes
con la valentía de Daniel, capaces de amar a su "Babilonia"
universitaria o laboral sin vender su alma a los ídolos modernos. Sobre todo,
exige que la iglesia regrese a su vocación primordial: hacer discípulos
mediante la paciencia, la presencia y la ternura del Maestro.
Ese es el
Evangelio: demostrar que, en medio del caos, existe una mejor forma de vivir
bajo el señorío y la paz del Reino de Dios. Solo así se levantará una
generación capaz de vivir el Evangelio como Jesús nos enseña, desde el amor al
prójimo, la denuncia de lo que es injusto, levantar la voz desde nuestras
trincheras, y luchar por el Shalom de nuestro país.
Brandon Molina
Secretario General

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